La promesa de Mariam
Capítulo I

El encuentro

Jamás pretendí cambiar mi destino, pero la vida te coloca en situaciones inimaginables, y es por eso que creo que las cosas pasan como están dadas a suceder y con alguna magnífica razón.

Cansada del tema de la fiesta de mis cumpleaños, salí de casa a despejar mi mente; al fin y al cabo, almorzar sola, en el restaurante que quisiera, liberándome de mis fastidiosos hermanos guardaespaldas, me hacía sentir fenomenal, porque ni estando a punto de cumplir la mayoría de edad superaban ese rol que papá les había puesto.

El día no estaba tan caluroso como de costumbre y todo empezaba a hacerme olvidar que había llegado el momento de cumplir con ese dichoso acuerdo de voluntades que había hecho con mis padres para que ellos celebraran mis cumpleaños y yo accediera a colocarme el vestido pomposo, bailar el vals y hacer el brindis con champaña y quién sabe qué otras cosas. Absolutamente nada de eso era lo mío; simplemente, el tema de celebraciones o despedidas me atormentaba, me quitaba por completo la paz, o más si se trataba de seguir tradiciones. Pero en esta vida hay que hacer y cumplir acuerdos; eso ha ayudado a la humanidad a trascender.

—⁠Tampoco es para tanto, señorita, usted todavía en un vestido de quinceañera se verá muy linda. Por suerte sus padres le dejaron que se saliera con la suya todos estos años —⁠intentó ser amable el conductor del taxi al cabo de unos minutos de escucharme quejar del asunto.

Me hicieron bien sus chistes en cuanto al tema y me ayudaron a asumir. Eso era lo que debía hacer: asumir una vez en la vida, Mariam.

A unas cuantas avenidas del centro de la ciudad quedaba mi sector favorito, el de los restaurantes. Me detuve un momento a elegir a cuál entraría, pero un sorprendente impulso me animó a entrar a la tienda de música que cortaba la secuencia. Crucé la calle y entré; fue de inmediato la conexión, empezando porque el aire acondicionado estaba a su máxima capacidad y la luz natural no penetraba por las vitrinas de la tienda. De las paredes colgaban copias de discos de platino y oro de artistas reconocidos nacionales; al final del pasillo se veía un espacio en el que las personas podían usar los instrumentos y animar el lugar, y el encargado de la tienda colocaba la música que solicitaban los que, en su momento, se encontraban allí. Por eso fue tan sencillo cambiar de “La tierra del olvido”, de Carlos Vives, a una de John R. “Johnny” Cash. Me llamó la atención el pasillo de las guitarras eléctricas y justo ahí tropecé, sin culpa, con un joven que ensayaba unos acordes, podría decir que inéditos, en una de esas “YAMAHA serie SG1820”, cuya descripción colgaba en las tirillas del clavijero.

Solo un “lo siento” le ofrecí, mientras seguía sin detenerme hasta llegar al stand de los pianos. Un asistente interrumpió mi fascinación y me brindó asiento para escucharlo hablar y tocar el gran “Steinway & Sons”, que acababa de llegar.

La tienda me resultaba agradable; la cantidad de ambientes y épocas musicales lograban envolverme, junto con el servicio al público cinco estrellas. Pero llevaba varias horas sin probar bocado y la gastritis no me daba más tregua. Saliendo del lugar, escuché un suave siseo, pero jamás volteo a esos llamados; empecé a recorrer toda la acera leyendo los letreros de los restaurantes para decidir en cuál entrar.

Sorpresivamente escuché mi nombre, pero no fue suficiente para llamar mi atención; estaba sola y “a extraños no hay que hablarles”, tema principal de mamá. Insistentemente, la persona que tenía caminando a mis espaldas seguía pidiendo que esperara. Lentamente logré ver su cara por las ventanas de los carros que estaban parqueados a orillas de la acera y reconocí al muchacho de la tienda con el que había tropezado. Él notó que lo observaba y se detuvo con un gesto de sorpresa; sus labios dejaron entrar aire y, alzando la voz, dijo:

—⁠¡Espera! ¿Mariam?

Unos cuantos pequeños escalones obligaron a detenerme. Con nervios volteé, dudando aún: ¿por qué sabía mi nombre? Pero, gracias a la seguridad que me daba ver una patrulla de la policía que pasaba por la calle, le respondí:

—⁠¿Nos conocemos?

—⁠¿Mariam? —⁠preguntó sorprendido⁠—⁠. Respóndeme, ¿eres Mariam?

—⁠Sí, Mariam, pero quizás no la única con ese nombre —⁠respondí, intentando ser desafiante porque sentía nervios.

—⁠¡Caray! Creo estar seguro. ¿Tú estudiaste en el Liceo Escolar Mis Huellas?

—⁠¿Usted quién es?

—⁠Y tu apellido es Quintana, eres Mariam Quintana. ¡Wao! Hace mucho no me llamaban de “usted”.

Cuando terminó por fin de hablar, liberé mis nervios con algunas risas, pero seguía mirando de reojo la patrulla que aún estaba en el sector.

—⁠¿Te suena el nombre Andrés Márquez? —⁠preguntó rápidamente al percatarse de mi interés en la patrulla de la policía, y al decir ese nombre me conmovió el corazón en automático.

—⁠¡Claro que me suena! Yo le llamaba Taz, era mi mejor amigo. ¿Usted es familiar o lo conoce también? —⁠le respondí con ansiedad de saber más.

—⁠Sí, me alegra que recuerdes eso —⁠respondió complacido y con una sonrisa que me recordaba algo de familiaridad.

—⁠No ha respondido mi pregunta. ¿Usted es familiar o también lo conoce?

Vaciló un rato con su respuesta.

—⁠Él y yo somos la misma persona.

Mientras asimilaba la información, estalló en risas y, alzando la voz, se burló:

—⁠¡No puedo creer que no me reconozcas! Soy Taz. Ya me habían dicho que he cambiado mucho, pero ¿tanto para que mi gran amiga no me reconociera tampoco? Y eso que crecimos juntos.

En esos momentos relacioné todo: finalmente se salió con la suya y aprendió a tocar la guitarra de manera extraordinaria, por eso estaba en el mismo pasillo. Mi gran amigo Taz, de quien no había vuelto a saber en tantos años. Igual que él, no supe cómo reaccionar; quería correr y abrazarlo, pero estábamos grandes y no sabía qué tan apropiada sería tanta efusividad.

Se burló, porque había notado que estábamos hablando a casi cinco pasos de distancia. Sacó su celular, lo guardó en el bolsillo trasero de su jean y se acercó a mí; me abrazó fuerte y me dio unas vueltecitas.

—⁠Te juro que no imaginé que fueras tú, ¡estás muy cambiado! —⁠le respondí, dejando de hablarle de usted.

—⁠Y tú, ¡mírate! Qué guapa. Sí, botaba la baba por ti cuando éramos unos niñitos. ¡Tan solo si no estuviera comprometido!

—⁠¿Cuál baba? Siempre fuimos solo amigos —⁠le respondí entre risas, con un suave jalón de orejas.

—⁠Mira que cuando tropezaste conmigo en la tienda y tu mirada detallaba los pianos, pensé: “No puede ser casualidad que la torpeza y la fascinación por los pianos existan en una persona y no sea justamente a quien estoy buscando”. Luego vi tus enormes ojos cafés y, ¡definitivamente!, no hubo más duda.

—⁠Ay, sí, sí, claro, ¡y tú sigues siendo el mismo charlatán!

—⁠Hay mucho por conversar, mi querida amiga. ¿Aceptarías almorzar conmigo, señorita?

—⁠Me encantaría, caballero.

Hizo el ademán de sostenerme la mano para bajar un pequeño escalón y, agarrándome de gancho, cruzamos la calle hasta el próximo restaurante.

Efectivamente era Andrés, seguía siendo tan apasionado y explosivo. Me alegraba mucho que hubiera decidido perseguirme, porque nada será mejor en la vida que encontrarse en el camino con tus buenos amigos.

Resultó un poco incómodo caminar esos metros hasta el restaurante. Era cierto que había cambiado mucho, ya que el insípido niño huesudo había quedado atrás y su forma tan varonil de caminar era un imán extra para atraer las miradas de las chicas que por nuestro lado pasaban, sin dejar de admitir que el marrón claro de sus ojos lucía muy bien con ese clásico corte tupé.

Al entrar al restaurante, caballerosamente me ofreció asiento, pidió unos aperitivos y empezó a hablar de su vida. Me contaba que vivía en Manhattan, al igual que sus padres, pero muy a menudo visitaba Bogotá, la primera ciudad en la que vivió cuando su familia se fue de la ciudad.

—⁠¿Y hace cuánto vives en Manhattan? ¿Por qué te fuiste de Bogotá? —⁠trataba de preguntar en forma casual para recobrar la confianza.

—⁠¿Recuerdas que no dejaste que nos despidiéramos cuando te avisé que algo había cambiado con mis padres? Tú y esa fobia con esos temas de las despedidas —⁠preguntó y aseveró con un tono duro y reprochable.

—⁠No sé qué tan cierto sea lo de fobia, y sí, lo recuerdo bien, pero te pasaste. ¿Hace cuánto vives allá?

—⁠Un poco más de cuatro años. Te colocaré al día, pero primero, ¿algo en especial que te provoque comer?

—⁠Verás, Taz, hemos entrado a un restaurante de comida típica colombiana.

—⁠¡La mejor cocina del mundo! —⁠exclamó⁠—⁠. Sería un delito si al menos no ordeno un ajiaco, ¿no crees?

—⁠Tienes razón, y de aquí no me voy sin una buena bandeja paisa.

Llamó al mesero y le hizo el pedido de lo que habíamos hablado.

—⁠¿Y qué desean para tomar? —⁠ofreció el mesero.

—⁠Tráenos jugo de mora, gracias —⁠respondí sin escuchar alguna objeción de mi querido amigo.

—⁠En minutos les traeré su pedido.

No esperó siquiera a que se alejara más de un metro cuando empezó a bromear:

—⁠¿Viste cómo temblaba?

—⁠¿Quién?

—⁠El mesero, cuando dijiste “jugo de mora”. Quien ve al sinvergüenza cree que estoy pintado aquí o qué.

—⁠Ay, Taz, ¡no comiences y no me busques!

—⁠¡Uy! Malía ha vuelto… “no me busques” —⁠pronunció la frase adoptando un tono de burla.

“Malía” era la forma especial que tenía de llamarme cuando quería darle valor extra al momento que estábamos viviendo. Así, tal cual lo recordaba, seguía intacto: fastidioso y charlatán. Disfrutaba colocarme nerviosa y en apuros, pero, cuando no estuvo más, aprendí de mis hermanos qué hacer en estos casos.

—⁠¿Acaso tú no has mirado ese montón de sinvergüenzas que están pegadas como moscas al ventanal del restaurante? ¿Y a esa cuarentona de la mesa de al lado? Cómo te rinde, querido, y eso que la novedad es ese peinado que traes. Bueno, y esos grandes hombros y brazos, ¡y oye, sí, qué buenos años!

Claramente, el ruborizado fue otro.

—⁠… Y van a babear con ese color rojo pasión que ahora tienen tus mejillas.

—⁠¡Bueno, Mariam! Me queda claro, las cosas han cambiado. Pero en serio paras tráfico.

—⁠Y en serio, la cuarentona te quiere en su mesa.

—⁠¡Mariam! Estoy comprometido.

Reímos a carcajadas; el poco público que había nos regaló unas miradas fugaces, a las que Andrés ignoró mientras se enderezaba en su asiento.

—⁠¿El jugo de mora sigue siendo nuestro preferido? —⁠pronunció con una ensanchada sonrisa.

—⁠Lo seguirá siendo por los siglos de los siglos —⁠respondí con un tono solemne.

Y nuevamente esas miradas fugaces a nuestro alrededor por las carcajadas de complicidad. Aclaró su garganta y empezó su historia:

—⁠Esa última vez que nos vimos y te dije que algo estaba pasando entre mis padres, a la semana siguiente me avisaron que viajaríamos y empezó toda la travesía con ellos y sus nuevas oportunidades laborales, pero sin duda la mejor fue trabajar para una cadena de hoteles de renombre internacional. Para ese nuevo trabajo teníamos que vivir en Manhattan. La relación con ellos no volvió a ser la misma; no me faltaba nada, pero me hacía falta todo. Los veía solo en las noches o cada fin de semana, y mis calificaciones eran las peores de la school.

—⁠¿Rebeldía para llamar su atención?

—⁠Algo así. Cuando empezaron a llegar los reportes, mandaron a un chofer para que me llevara a su oficina. Me hicieron esperar casi dos horas viéndole la cara a una de sus secretarias, que me miraba con una seriedad que me aterrorizaba; claro, yo era un niñito. Y fue en esa ocasión donde conocí a los hijos de los jefes de mis padres, son tres parejas de hermanos, ya los conocerás: Susam y Sam, Camille y Gabriel, y Miguel, quien es el hermano de mi novia, Kathie. Después de ese día nos volvimos inseparables, ¿qué te parece? ¡Ah!, y cuando les dije que volvería a mi ciudad para tener la fortuna de reencontrarme contigo, no lo pensaron dos veces y me acompañaron; además, hace unos años las vacaciones las planeamos entre todos a un mismo lugar.

Ni la bandeja paisa, ni el ajiaco, ni las miradas especulativas de las personas que estaban en el restaurante nos obligaron a dejar para después la larga historia de nuestra vida después de esa infancia, donde las travesuras eran el afán por vivir.

—⁠Y cuéntame de… ¿Kate? —⁠pregunté.

—⁠Se pronuncia haciendo sonar la “th”.

—⁠Okay. Kathie —⁠repetí, adoptando el tono con algo de humor y recibiendo una complacida sonrisa de aprobación de su parte.

—⁠Llevamos tres años de noviazgo, es preciosa y muy especial conmigo. Diría que, si no fuera por ella, estaría quién sabe en qué cultura —⁠pronunció, dejando escapar unas fuertes carcajadas y un prolongado suspiro.

—⁠¡Pues qué maravilla escucharte hablar así! Y bien por ella, que no dejó que te perdieras.

—⁠¿Qué ha sido de tu vida durante estos años, Mariam? —⁠preguntó, mientras servía jugo y terminaba su bandeja paisa.

—⁠Cuando te fuiste se acabaron los permisos, mis hermanos se volvieron mis guardaespaldas. Prefería salir de viaje con papá que aguantar a ese par. No dejé celebrar mis quince primaveras, sino mi mayoría de edad; por cierto, estarás invitado. Mamá sigue siendo la alcahueta y cariñosa secretaria del liceo, papá es coordinador en una empresa extranjera de seguros, Josh se dedicó al básquet y, aunque no ha podido entrar a grandes ligas, es el entrenador de una escuela neoyorquina que llegó a la ciudad luego de un convenio que él mismo consiguió, y yo juego ahí hace unos años. Jero pronto es profesional, y mientras defino qué hacer con mi vida, si estudio lo que a la familia le sirve o cualquier otra cosa que me haga feliz, soy empleada en la oficina de papá.

—⁠Interesante resumen de todos estos años. Tan práctica como te recuerdo. ¡Bueno! Al final, estos siete años sin vernos han sido productivos. Y la verdad es que no he vuelto a tener una amiga como tú, te he extrañado mucho, Mariam. Ya no vivo de permisos de mis padres, puedes estar segura de que las fechas de caducidad se acabaron —⁠respondió, mientras evitaba que en su celular la llamada entrara a buzón.

—⁠Ahora vives de los permisos de tu novia —⁠articulé en voz baja y haciendo muecas.

Le observé con preocupación, por si mi comentario había sido escuchado, ya que al parecer estaban enojados con él.

—⁠Tranquila, no escucharon tu comentario. Olvidé que les diría a los chicos dónde almorzaremos, no conocen tanto la ciudad.

—⁠Pequeño detalle…

—⁠¡Sí! Pero ya vienen para acá, les agradarás —⁠pronunció guiñándome un ojo.

Al cabo de unos minutos me avisó que habían llegado, señalando el deportivo oscuro que se estacionaba frente al restaurante, y se fue en busca de su novia. Entendí por qué sus ojos brillaban y su sonrisa le resaltaba los pequeños hoyuelos cuando hablaba de ella: mi amigo estaba enamorado.

Tenía una mirada llena de ternura, su piel blanca adornada por ese color rosa en sus mejillas, sus ojos de un color verde grisáceo y su cabello cenizo de luminosidades rojizas, perfectamente liso, que le llegaba casi a la cintura, adornaba su delgada silueta. Era empalagoso el amor que le profesaba. Así que desvié la mirada y detallé a las otras dos chicas que venían muy sonrientes jugando con dos chicos más: una de ellas tenía el cabello hasta el hombro, ligeramente ondulado, piel bronceada y ojos color verde; la otra chica era un poco rubia, de piel blanca y ojos azules. Los dos chicos, que venían con un toquecito de codo constante, tenían características similares a ellas; casi podía asegurar que se trataba de dos pares de hermanos.

—⁠Mariam, acércate —⁠me invitó Andrés con una sonrisa de oreja a oreja⁠—⁠. Chicas, muchachos, ella es Mariam Quintana, mi mejor amiga, con quien me quería reencontrar.

—⁠Mucho gusto, Mariam, soy Kathie —⁠hablaba el español con un acento forzado, pero entendible.

—⁠Mariam, qué bueno verte, soy Camille —⁠la chica de piel bronceada se me acercó y me dio un abrazo.

—¡Dia duit álainn! Soy Gabo.

—⁠Este es mi hermano —⁠mencionaba Camille alzando una ceja.

El chico tenía una forma de vestir muy diferente a los demás: sus jeans desgastados, su camisa leñadora que combinaba con sus grandes botas marrones y su naciente barba goatee daban un peculiar resalte a sus ojos verdes.

—⁠“Hola, hermosa”, fue lo que te dijo —⁠me aclaró Taz.

—⁠Sí. Trato de no perder la esencia de donde nacimos. Somos irlandeses —⁠respondió Gabriel⁠—⁠. Por eso nuestro divertido español.

Estallamos en risas cuando Camille terminó su presentación, como un momento de camaradería.

—⁠Yo soy Sam, y ella es mi hermana Susam —⁠se adelantó el chico que parecía ser el más maduro de todos, con casi un poco más de metro ochenta de estatura y barba tipo ducktail corta que armonizaba con su rostro. Presentó a su hermana, quien permanecía sonriéndome con calidez sin decir una palabra.

Me preguntaba de qué país resultaban este par de hermanos; al parecer, la reunión era multicultural. Mi reflexión me pareció graciosa y vino bien para sonreírle a la chica rubia de dominantes ojos azules, que seguía observando sin llegar a intimidarme.

—⁠Y nosotros no somos irlandeses. Pero nos alegra por fin conocerte, es un placer —⁠contestó Sam, como si hubiera sido muy evidente mi pensamiento.

—⁠Mariam, ellos son suizos, ¡pero también te puedes burlar de su español!

—⁠¡Taz, no deberías hacer eso!

—⁠Ok, Sam, lo siento, lo siento.

Al terminar las risas por el comentario de Taz, Susam se acercó, me besó la mejilla y me regaló un abrazo. El mismo gesto tuvo su hermano y, dando un paso atrás, esperaron alguna palabra mía.

—⁠El placer es mío, chicos —⁠terminé la frase con un ademán sincero de llevarme las dos manos al corazón. Y con un sorpresivo abrazo grupal sentí que empezamos una amistad.

Al terminar el abrazo se preguntaron por “Mapático”, llevando su mirada hasta el otro muchacho que parqueaba el deportivo. Traía unos oscuros lentes, un blazer gris de grandes botones negros con una camisa blanca, un jean desgastado y unos clásicos “Converse” rojos. Su actitud me distrajo de la burla discreta y privada sobre cómo lo llamaban.

Su manera de caminar, su constante roce de ceja y el evidente fastidio de su cabello húmedo en la frente por el calor natural de la ciudad me empezaban a desagradar, y entendía la burla de los demás; además de apático, debía ser patético.

—⁠¿Si le fastidia el calor, qué hace con ese blazer? ¿No le hablaron sobre las altas temperaturas de la ciudad? —⁠pregunté.

—⁠Es alérgico al sol —⁠respondió Kathie con cierta vergüenza.

—⁠No sabía que esa alergia existiera —⁠insistí.

—⁠Sí, es vergonzoso, y ese es mi querido hermano. Por favor, Mariam, no te dejes indisponer por su chocante personalidad, es solo cuestión de tiempo.

—⁠¡Pero a quién tenemos aquí! Casi nos llega la noche para el almuerzo, cuñado —⁠pronunció con su voz moderadamente grave, llena de ironía y con un acento muy latino.

—⁠¡Hombre! A ti también te ofrezco excusas. Pero quiero presentarte a Mariam, la chica...

—⁠Sí, sí, tu mejor amiga, y todo eso que no has parado de contar durante estas largas semanas. ¡Efectivamente, este pueblo sí que es pequeño! ¿Mientras saliste por tu guitarra la tropezaste? ¡Qué tipo tan suertudo!

Definitivamente, todo un patético; podría ser por la hora del almuerzo. Aunque llamarle “pueblo” a esta ciudad con ese tono ofensivo iba a tomar mucho más tiempo que el mencionado para pasarlo por alto.

—⁠Disculpa, Mariam. Creo que se ha levantado con el pie izquierdo y, para completar, a mi novio se le olvidó avisarnos dónde almorzar —⁠respondió Kathie, un tanto incómoda con la actitud de su hermano.

Decidí no responder; no quería resultar peor que él. Se quitó los lentes y estiró su mano para presentarse:

—⁠Mucho gusto, Mariam. Miguel, tu servidor. Y si te interesa saber dónde nacimos, porque veo que ahora es importante dar esa información, mi hermana nació en Francia y yo en unas vacaciones de mis padres en New York, ¿entendido?

—⁠Patético —⁠le respondí casi en un susurro.

Supe que las cosas no iban a estar bien, primero, por las ínfulas de su actitud y, luego, porque su sonrisa me llevó a estirar la mano y responder:

—⁠El gusto es mío, Miguel.

Y tercero, porque ese leve apretón de mano produjo una sensación de descarga eléctrica. Él observó rápidamente mi mano temblar y clavó su mirada retadora con una leve sonrisa torcida.

Si no fuera por lo que traía su actitud, seguramente me hubiera derretido ante esos ojos color miel y enredado fácilmente en su desordenado cabello liso, que entonaba con sus pobladas cejas castañas.

Enseguida aparté mi mano y la guardé en el bolsillo trasero de mi jean.

—⁠¿Qué pasó, Miguel? —⁠preguntó Taz, alzando una ceja mientras observaba mi mano en el bolsillo.

—⁠No pasó nada, cuñado. ¡Tengo hambre! ¿Sí es buena la comida aquí?

—⁠Compruébalo.

Claramente, Taz no quedó convencido de la respuesta, pero le pasó el menú del restaurante mientras los demás hacían sus pedidos. Se apartó de su novia, quien había estado observando a su hermano cuando me lanzó esa rara mirada, y se unió a él para hacer la orden de lo que comería.

Taz estuvo a mi lado y me rodeó el cuello con un brazo.

—⁠¿Qué pasó con Miguel? ¿Te dijo algo que no escuché? ¿Por qué tu mano en el bolsillo de repente?

Eran demasiadas preguntas en tan solo un segundo.

—⁠¡Taz! No pasó nada, es bastante presumido, Miguel.

Taz se echó a reír y nos apartamos de la mesa.

—⁠Sí, algo así, por eso el chiste del “Mapático”. Es un juego entre su nombre y su forma de ser. Quizá por eso ninguna chica lo soporta.

Esforcé unas risas para tratar de cerrar el tema de conversación, pero, si mal no estaba en creer que Taz seguía siendo el mismo y que preguntaría sin descansar, no me sorprendió su pregunta:

—⁠¿Y tu mano en el bolsillo?

—⁠Me pasó corriente cuando me apretó la mano, pero fue un acto involuntario llevármela al bolsillo.

—⁠Hmm, sigues siendo la misma niñita sincera, Mariam. ¿Así que te apretó fuerte la mano?

—⁠¡Ay, Taz, por favor! No empieces con bobadas.

Estalló en carcajadas y me apartó más del grupo.

—⁠Solo espero que por ese apretón no se te haya pegado lo de Miguel.

—⁠¡Oye! En serio, no empieces.

—⁠No se lo diré a nadie —⁠susurró en mi oído y después me propinó un fuerte beso en la mejilla.

—⁠¡Tonto! Yo no te debo ningún favor al respecto. No es de mi estilo, para que sepas —⁠le respondí con un tono por encima del normal, y me dio la espalda mientras seguía con su burla.

—⁠¿Qué está pasando? ¿Se intercambiaron las personalidades, que ahora tal parece que el pesado es Andrés? —⁠comentó Camille, algo inquieta por la escena.

—⁠Probablemente, nadie le dice “tonto” a una persona porque quiere —⁠agregó con ironía Miguel.

—⁠¿Cierto? —⁠respondí en el mismo tono, lanzándole una fugaz mirada envenenada.

—⁠¡No es nada, chicos! Es algo osado que me diga tonto… ¿verdad, Mariam?

—⁠Sí, algo osado, ¡como en los viejos tiempos! —⁠le contesté, disimulando la situación.

Todos estallaron a carcajadas por la llamativa conversación que se había presentado. No hubo más comentarios al respecto; almorzaron en un profundo silencio, interrumpido por las carcajadas repentinas de Taz al observarme. Miguel me miraba con vacilación y por momentos le devolvía la actitud. Todas las miradas eran para Taz, quien mantenía su burla.

—⁠¡Basta! Andrés, queremos escuchar el chiste.

Miguel lo reprendió fuerte y todos apoyaron su comentario.

—⁠Es algo personal —⁠respondió con brevedad.

—⁠Entonces controla tus risitas, es incómodo —⁠respondió Miguel, irritado.

Le disparé una exagerada risa burlona a mi querido amigo, quien se levantó de su silla y se aventó contra mí, al tiempo que salí corriendo alrededor de la mesa.

Para ese momento, Sam ya había terminado su almuerzo y esperaba al mesero para que recogiera su plato, así que aprovechó y, con su brazo descansando en mis hombros, evitó que Taz siguiera con su juego.

—⁠Ya puedo imaginar por qué estos loquillos se adoraban de pequeños, pero no quiero lidiar con las pesadas travesuras adolescentes. ¡Compórtate, Andrés! —⁠lo reprendió con un fuerte tono.

A mi lado se unió Gabo y aprovechó para burlarse también, tildándolo de niño. De inmediato, para cambiar de tema, les pregunté por sus edades.

—⁠Tengo veintitrés años y mi hermana diecinueve —⁠respondió Sam.

—⁠Mi hermana y yo nacimos el mismo día, hace diecinueve años —⁠respondió Gabo.

—⁠Te saliste con la tuya, Mariam, cambiaste el tema —⁠llegó burlándose de nuevo Taz.

Y cuando Miguel intentó decirle algo, este no se hizo esperar con un comentario:

—⁠Preocúpate de no ser un pasa corriente.

Miguel enseguida me observó, colocando sus ojos como platos, mientras los demás estallaron en risas. Claramente, yo deseaba en esos momentos que la tierra me tragara y me escupiera en mi casa.

Cuando Sam avisó que pagaría la cuenta, los demás empezaron a hablar sobre los planes que tenían para la semana y en los cuales me incluían. Me enteré de que mi amigo no había dejado de hablar de mí y de nuestra época, así como de las edades de Miguel y Kathie: veintiuno y diecisiete.

Al regresar Sam, empezó a organizar qué haríamos después; era el líder entre todos y los demás le atendían atentamente. Le avisó a Miguel que yo haría parte de la familia como una hermana de Andrés y que, por lo tanto, me llevarían a casa al finalizar la tarde. En esos momentos volteé a verlo y este me miraba ensimismado, como si algo estuviera planeando.

—⁠Creo que no los puedo acompañar, chicos. Tengo cosas por hacer, la verdad todo esto no estaba en la agenda del día. Pero seguro ahora intercambiamos contactos y nos ubicamos en los próximos días —⁠contesté.

—⁠Mariam, por favor, no seas aguafiestas, seguro tus padres también van a alegrarse de verme de nuevo.

—⁠Seguro que lo harán, Taz. Pero tengo que seguir planeando con ellos lo que te conté, y también los conoces.

—⁠Siendo así, llamen un taxi con la aplicación para mayor seguridad y hagan lo que ella dice. Además, quedaremos como sardinas en lata en el auto.

—⁠¿Cómo puedes decir eso, Miguel? ¿Acaso tú dejarías ir sola en un taxi a tu hermana, habiendo alguien que la pueda acercar a casa?

—⁠¡Ay, vamos, Sam! No es para tanto. Ella conoce esta ciudad mejor que nosotros, es su territorio.

—⁠Miguel, hoy tú solo vas a conducir y no quiero discutir contigo ahora —⁠le respondió Sam con un tono fuerte.

Los demás se incomodaron y se miraron entre ellos. Claramente me avergoncé; en parte tenía razón, se estaban complicando mucho.

—⁠Chicos, muchas gracias por la compañía y por la atención, no hay problema por irme en taxi. Además, es verdad lo de “sardinas en lata”. Mejor cuadramos otro día y yo llevo el carro de papá para no causar molestias.

Enseguida todos compartieron el mismo gesto de sorpresa, así que mi vergüenza fue mayor.

—⁠Lamento que pienses así, Mariam. Seguro mi hermano no quiso empeorar las cosas.

Kathie sacó su celular e intercambiamos contactos; en ese momento a todos les llegó la notificación y empezaron a guardar mi número, a excepción de Miguel, a quien no le sonó el celular, pero lo revisó, y enseguida su hermana le hizo mala cara.

—⁠Nosotros te llevamos a casa, Mariam. Ya tenemos tu contacto, iremos programando. Miguel, tú solo vas a conducir, las sardinas somos todos, así que ya sabes lo que eso significa.

Sam sonaba muy enojado y se dirigió al deportivo, abrió la puerta del copiloto y me invitó a entrar. Los demás ya sabían cómo acomodarse y, estando adentro del carro, agregué la ubicación al GPS. Un silencio profundo incomodaba a ratos, seguido del montón de idiomas que empezaron a hablar.

Al llegar, todos bajaron del auto, excepto Miguel, a quien solo le preocupó la puerta del carro cuando el viento, ¡por supuesto!, la aventó fuerte.

Mientras nos despedíamos, también me enteré de que no solo eran amigos, también eran parejas: Sam con Camille y Gabo con Susam. Fue extraño, pero en su momento divertido.

Finalmente, cuando me daban la espalda y subían al deportivo, Miguel bajó completamente su ventana y se despidió de mí con una ensanchada sonrisa, esta vez una muy sincera que finalizó con una sacada de lengua, electrocutando todos mis pensamientos.

Mientras cumplía mis obligaciones como hija, amiga y empleada de papá, también hubo mucho espacio para mis nuevos amigos. Taz se las arregló para cenar unas cuantas veces en mi casa y ponerse al día con mi papá; este no desaprovechó para ofrecerle su portafolio de servicios, y el otro tampoco para presumir que ya era un chico grande y de negocios a quien le interesaría adquirir alguno de esos servicios. Era de esperarse que tanta simpatía no fuera solo por el tiempo de conocernos y los recuerdos, sino porque le interesaba que mi familia volviera a confiar en él para pasar el tiempo que pudiera con sus amigos. De todos los planes que compartimos, Miguel nunca estuvo, y tampoco preguntaba por él, pero su hermana prefería dejar claro que no se sentía bien.

A poco menos de un mes para mis cumpleaños, decidí contarles a los chicos sobre el tema y ponerlos al tanto de mi poca afinidad con las celebraciones; todavía no sentía que, a mi corta edad, hubiera hecho algo por mérito para celebrarlo. Solo lo normal: graduarme con algunas medallas por excelencia académica y talentos artísticos, además de ser la armadora en el equipo de básquet de mi hermano, hacerle más llevadero el cargo en la empresa a mi papá y, de vez en cuando, ayudar a mi mamá con “sus niños” en el liceo.

—⁠¿Todo eso y todavía crees que no has alcanzado algo por mérito propio?

—⁠Creo que no ha sido suficiente, Susam. Pero bueno, ya dejaré que me hagan esa dichosa fiesta. Están invitados.

—⁠Es fobia, Mariam siempre ha sentido fobia por las despedidas y las celebraciones, desde niña ha tenido eso.

—⁠No estoy segura de que sea fobia, Taz.

—⁠La negación es el primer aspecto para la afirmación —⁠respondió mientras llevaba a su boca una manotada de crispetas.

—⁠Seguro estaremos en esa celebración, Mariam. Gracias por tu invitación.

—⁠Será bueno tenerlos cerca para evadir algunas cosas, Susam.

Los demás hicieron burlas sobre quién disfrutaría el vals con una chica de dieciocho y no de quince, pero aseguraron con entusiasmo su participación en la celebración. En ese momento, Kathie preguntó si su hermano también recibiría la invitación.

—⁠No tengo problema con eso, Kathie. Puede ir, solo si no se va a aburrir o lamentar de estar ahí.

Esa misma noche empecé a recibir mensajes con líneas incompletas de poesía de diferentes autores. El número no hacía parte de mi libreta de contactos y tampoco podía devolverle la llamada para saber de quién se trataba, ya que me la restringía. Todos los días, y en tres oportunidades, llegaban esos mensajes.

Fácilmente me acostumbré a recibirlos sin saber si hacían parte de alguna suscripción del operador de telefonía, algún ex de vuelta, o si alguna de mis amigas me estaba gastando una broma.

Cada fin de semana, después de los entrenamientos de básquet, no tenía que volver a los ensayos del protocolo de la fiesta, sino que podía llamar a mi amigo para que pasara a recogerme e inventar alguna tontería para hacer con los demás, que terminaban de cómplices. Aunque éramos mayores, todos compartimos una filosofía de vida: la felicidad también se encuentra cuando dejamos saltar en los charcos al niño que nunca crece en nuestro interior.

Cuando me avisaron que habían llegado, estaban dos camionetas estacionadas sobre la avenida; cuando me vieron empezaron a salir, todos traían su piel rojiza por el sol.

—⁠Estuvimos en piscina cuando nos avisaste que estabas libre —⁠respondió Kathie, justo cuando señalaba lo mal que se les veía la piel.

—⁠Existen protectores solares y toda una gama de productos que también pueden encontrar en las boticas de esta ciudad —⁠le respondí.

Acostumbraban a reír a carcajadas cuando preferían no responder mayor cosa. Así que, debido al importante abandono del plan que hicieron cuando les llamé, decidí invitarlos a comer helados. ¡Parecían niños! Les encantaba el plan de los helados, y más por las altas temperaturas con las que últimamente les estaba tocando lidiar.

Mientras discutíamos a dónde les gustaría ir, Miguel salió de una camioneta. Yo fui la primera en darme cuenta, ya que todos se encontraban de espaldas; me quedé en una pieza. Ya habían pasado varias semanas sin verlo y, aunque se encontraba más guapo de lo que recordaba, me desanimaba la idea de tolerar su forma de ser.

—⁠Me pueden decir, ¿cómo es que no me avisaron que veníamos para acá? He estado dormido todo este tiempo en la camioneta. ¡Esas pastillas para la migraña me doparon!

Todos saltaron del puesto y lo rodearon. Al parecer no se habían percatado de que venía con ellos.

—⁠Si quieres, llévate una camioneta y regresas a casa.

Sam le ofreció sus llaves, pero él las hizo a un lado y empezó a caminar hacia mí. ¡Qué bien le quedaba esa camisa azul turquesa que le delineaba su atlético cuerpo!

—⁠Qué bueno verte una vez más, Mariam.

—⁠Se nota —⁠le respondí, incrédula.

—⁠Me dio una fuerte migraña y esa pastilla me tumbó de sueño, literal.

—⁠Entiendo —⁠respondí con desinterés.

—⁠¿Quieres que me vaya? Siento que mi presencia te incomoda.

—⁠En este pueblo se puede transitar libremente, Miguel.

—⁠Pero ¿puedo estar cerca de ti? Al menos por hoy, me haría bien —⁠respondió con un tono de súplica.

¿Pero qué rayos estaba pasando? ¿Acaso se había golpeado la cabeza?

—⁠¿Cómo le va con el sol? Supe lo de las alergias —⁠le pregunté para evadir ese tono con el que intentaba persuadirme, mientras los demás se miraban entre ellos, más confundidos que yo.

—⁠Gracias por aconsejarme la marca de aquel protector, me ha funcionado bien.

—⁠¿Protector? ¿Yo? —⁠le respondí, a punto de que algún cable echara chispas, y rápidamente su hermana intervino haciendo gestos para que le siguiera la cuerda.

—⁠Sí, Mariam, ese protector que recomendaste ha funcionado bien.

Miguel sonrió y se acercó, regalándome un pausado beso en la mejilla. ¡Su perfume era delicioso!

—⁠¿Y entonces, Miguel, vienes con nosotros para ir a comprar helados? —⁠preguntó Sam como quien saca de aprietos.

—⁠Los acompaño, Sam. No volveré a perderme otro plan con ustedes.

Cuando llegamos al centro comercial, Miguel cambió de parecer y decidió quedarse en la camioneta. Su hermana se molestó y le demostró su enojo al cerrar la puerta. Esa actitud fue completamente nueva ante todos, pero resultaba tierno verla enojada, parecía berrinche de niña de tres años. Yo decidí caminar hasta su lado y abrazarla para seguir caminando.

—⁠No te enojes por él, recuerda que nos esperan los helados.

—⁠Debió aceptar las llaves de Sam e irse —⁠respondió con frustración.

—⁠Kathie, yo no le recomendé ningún protector. ¿Qué fue todo eso?

De inmediato colocó sus manos en la cara y, avergonzada, me explicó:

—⁠Tenía una alergia terrible, ¡y se coloca de una actitud! Así que se me ocurrió decirle que ese protector podía funcionar y que tú lo habías recomendado, se lo dejé en la mesita, ni sabía que se lo estaba aplicando.

—⁠Nosotras sabemos que no es tonto, y hoy comprobó que yo no tenía nada que ver.

—⁠Puede ser, Mariam, pero no entiendo por qué te habló de esa manera.

—⁠Quizás resolvamos el misterio después —⁠le contesté para cerrar la conversación y adelantarnos con los demás.

Lo prometido era deuda: todos hicieron sus pedidos exagerados de helados y los pagué. Kathie pidió dos botellas de agua con la intención de llevarle una a su hermano; lo adoraba y este quería agua, pero ella también era buena cambiando de parecer.

Como anfitriona, sentí una ridícula intención de hacer algo por todos, así que abandoné la mesa con la botella de agua en mis manos. Sí, me reproché mucho, pero ya había tomado la decisión de hacerlo; de todas formas, quería resolver la duda de Kathie, la cual ahora también era mía.

Con una moneda le di unos golpecitos al vidrio de la ventana y le mostré la botella de agua, intentando explicarle mi presencia.

—⁠¿Qué haces aquí? ¿Ya acabaron los helados? —⁠preguntó inquieto al salir rápido de la camioneta.

—⁠Solo vine a traerle la botella de agua, no sería bueno que se deshidratara, y le recuerdo que siempre está en la libertad de irse. Que su familia haya hecho amistad conmigo no le crea obligación de que nosotros también seamos amigos.

—⁠Mariam, no imaginas cuánto lamento que la primera impresión que tuviste de mí haya sido la peor.

—⁠Descuide, uno no puede caerle bien a todo el mundo de buenas a primeras.

—⁠No se trata de eso, me excedí. No sé qué me ocurrió, yo…

—⁠Mire, tengo dos hermanos mayores y, créame, son más ridículos que usted.

—⁠Mariam, ¡yo también sentí la misma corriente!, y no he sabido hasta estos momentos cómo desenredar el nudo de mi garganta para hablarte de lo que ha provocado en mí.

—⁠Taz fue muy inoportuno y confié en él. Pero eso pudo deberse al celular. Olvídelo.

—⁠…me la pasé queriendo volverte a ver, has estado en mi mente.

—⁠Miguel, ¡basta! Si esto hace parte de una broma, no la tolero.

—⁠Supongo, pero sentí la enorme necesidad de decirte, te ruego me perdones.

—⁠Amigos, sí, está bien —⁠le ofrecí.

—⁠Es tan solo mi primer paso —⁠respondió, dándome un fugaz beso en la mejilla.

Me alteraron los nervios y me confundí; parecía sincero en cada palabra, pero había algo en él que no se acomodaba. No era tonta, era evidente que me estaba insinuando que le gustaba, pero qué vergüenza que al final solo resultara burlándose de mí.

Le di la espalda y empecé a caminar hasta abandonar el parqueadero y entrar al centro comercial. Alcancé a escuchar el suave susurro a mis espaldas:

—⁠Será difícil.

Él seguía mis pasos y, sin dejar de caminar, le pregunté si había dicho algo.

—⁠¿Me puedes dejar de llamar de usted? ¿Por favor?

—⁠No me siento cómoda.

—⁠Por favor —⁠suplicó hasta antes de llegar a la heladería donde esperaban los demás, que hablaban en sus idiomas sobre la escena que estaba protagonizando.

Ya había descubierto cuándo recurrían a cambiar de idioma.

No fui capaz de responder con alguna palabra al observar esa forma que tenía su sonrisa; me daba algo en el estómago, así que guiñar el ojo con sutileza fue una buena estrategia.

Se detuvo en la heladería y me llamó para que lo acompañara.

—⁠¿Qué sabores quieres? —⁠me preguntó, colocándose una y otra vez en puntas de pie.

—⁠¿Sabores? Creo que uno está bien.

—⁠No, no, los sabores que te provoquen.

—⁠Vainilla está bien —⁠le respondí con seriedad.

—⁠De acuerdo.

Hizo mala cara y le pidió a la señorita de la heladería helado de vainilla, mandarina, chocolate y brownie. Le sugerí a la chica que el de vainilla fuera aparte, pero ella hizo caso a la petición de él: “todo en la misma torre”.

Cuando recibió “la torre”, le avisé que tanto helado podría tener malas consecuencias, y de nuevo obtuve una respuesta incómoda:

—⁠Vamos a endulzarnos, mi querida Mariam.

Llegamos hasta la mesa mientras él conservaba una enorme sonrisa.

Sam, quien era nuestro “hermano mayor”, se levantó de la mesa y me extendió su brazo para que lo acompañara. Miguel nos siguió con la mirada, curvando un poco hacia abajo las comisuras de sus labios mientras nos alejábamos de la mesa.

—⁠¿Te sientes bien, Mariam?

—⁠Define “bien”.

—⁠Sabes que puedes contar conmigo, cuando necesites algo, estaré para ti.

—⁠¿Por qué me dices eso?

—⁠Supongo que no eres la única sorprendida con Miguel.

—⁠¡Ah, es eso! La verdad, prefiero a este Miguel, aunque me inquieta lo que se trae entre manos. Me confunde mucho, y más que hoy de la nada le caigo bien.

Sam me respondió con unas carcajadas.

—⁠Siempre le has caído bien, el pobre se la ha pasado mal porque no ha sabido cómo hablarte.

—⁠¿Qué? Pero si soy buena persona.

Sam estalló en risas y, con gracia, respondió:

—⁠Mariam, todos sabemos eso, me refiero a que tu actitud es muy singular —⁠y me dio un leve pellizco en la nariz.

—⁠¿Y eso es bueno? —⁠le respondí, confundida.

—⁠Por esa razón te queremos como locos en tan poco tiempo de conocerte.

—⁠Gracias por recordármelo, Sam.

—⁠Mariam, en realidad solo quiero decirte que seguro él tiene buenas intenciones.

Sam me guiñó el ojo y regresamos con el resto del grupo. Miguel me esperaba con el helado de vainilla intacto antes de continuar con la torre; no le presté más atención “al cambio” y decidí disfrutar la ocasión con todos y sus particulares bromas.

Me regresaron a casa, pero a unos minutos de llegar, todos eran conscientes del cambio inusual de comportamiento. Lo entendí de inmediato cuando Miguel me pidió que le regalara un tiempo para hablar a solas, el cual no le negué porque los demás ya habían armado el plan para recorrer caminando el sector un rato.

—⁠Mariam, ¿te molesta que estemos a solas?

—⁠No.

—⁠¿Nos quedamos en el auto o caminamos?

—⁠Caminemos —⁠le respondí en automático; estaba nerviosa y no quería parecerlo entre más palabras.

—⁠Quiero decirte un par de cosas.

—⁠Bueno, lo escucho.

—⁠¿Segura?

—⁠Miguel, por favor.

—⁠Está bien. Mariam, no soy la clase de persona que piensas. Ese primer día que te vi, después de tanto oír tu nombre, empecé mi día con el pie izquierdo y me comporté como un estúpido, y me avergüenza.

—⁠Ya se había excusado, tranquilo.

Al responderle, hizo un sonido de alivio.

—⁠Tantas excusas para no acompañarnos todo este tiempo, ¿seguro no fue porque le caía mal?

—⁠Te dije que no.

Un profundo silencio nos invadió mientras seguíamos caminando como locos por todo el lugar y, de repente, sentí su brazo rodear mi cintura mientras inclinaba su cabeza para mirarme fijamente a los ojos.

—⁠“Mira, vamos a plantearlo de esta manera: para mí, tú eres mi número uno, y ni siquiera hay número dos”.

—⁠“Es tan lindo saber que usted existe” —⁠le respondí.

—⁠“Sé que voy a quererte sin preguntas, sé que vas a quererme sin respuestas”.

Respondí sus frases en medio de un tornado en mi cabeza; acababa de descubrir que seguramente él siempre había estado detrás del número de los mensajes de texto que no habían faltado ni un día.

—⁠Los textos todos los días, ¿tú?

—⁠Sí, pero…

Coloqué mi dedo índice en su boca, interrumpiendo lo que estaba por decir.

—⁠Esos poemas han sido un bonito puente, a pesar de la distancia que ha aumentado entre nosotros.

Sus brazos se endurecieron en mi cintura y un beso descansó por varios segundos en mi frente.

—⁠Tengo una última pregunta —⁠dijo casi en un susurro, cuando clavó sus ojos en los míos y empecé a sentir que todo dentro de mí temblaba.

En esos momentos su pregunta era lo único que quería escuchar, y sentir lo que sus ojos gritaban hicieron que aceptara lo que este patético aparecido, en cuestión de momentos, había cambiado dentro de mí.

—⁠¿Puedo hacerte feliz? —⁠dijo lo bastante decidido, y con su mirada llena de súplica.

¡Colapsé! Demasiadas emociones para una tarde. Me liberé de sus brazos y empecé a caminar dándole la espalda, siendo lo más oportuno que se me ocurrió hacer.

Mi corazón empezaba a detenerse por culpa suya, sentía que componía mi rutina, sentía que la poesía con la que a veces llenaba mis ratos libres se hacía tangible con él, un completo desconocido y decidido chico dispuesto a esperar una respuesta mientras seguía dándole la espalda en un completo silencio.

—⁠Mariam, prometo ir despacio. Estoy cansado de la monotonía, solo quiero que tú y yo tengamos la misma rutina —⁠dijo, mientras sus brazos empezaban a mecerme.

—⁠Mi vida es una rutina —⁠susurré y cerré los ojos para controlar mi equilibrio.

—⁠Tendremos la misma, lo prometo —⁠mantuvo su tono de súplica, que estremecía algo en mí.

—⁠Solo conozco de ti lo que ha pasado en dos días.

—⁠Puedes saber todo lo que quieras de mí, si tú así lo permites.

—⁠No te aseguro nada, pero trataré. Tengo una vida cuadriculada.

—⁠Estaré en cada esquina de ese cuadrado —⁠respondió con una sorpresiva alegría.

Mantuvo una respuesta para cada palabra que fui capaz de pronunciar, a pesar de que extrañamente su voz hacía temblar hasta mis venas.

El bullicio del resto de los chicos al acercarse finalizó por completo la conversación y aproximó la cálida y estremecedora despedida.

Llegué a casa a guardar su número en mis contactos desde el chat que había encontrado tan pronto les di la espalda. En ese instante muchas cosas se liberaron y comenzaron a tener una nueva sensación.

Tenía claras sus intenciones y hasta Sam le había regalado cierta ayuda, pero le faltaba mucho para demostrarme de qué estaba hecho su corazón; seguiría creyendo que en el mío había más hielo.

Capítulo II

De vuelta la poesía

Adelanto

Siento en el pecho que un abrazo tuyo también me hace falta. Con esa línea, después de varios años, la poesía regresó a mi vida. Abandoné mi cuadernillo al iniciar el trabajo con mi padre porque no hubo más inspiración. Y hoy, en vez de la alarma, escuché el eco dentro de mí; repetí esa frase muchas veces hasta encontrar en las gavetas el cuadernillo con la cubierta de cuero azul donde descansaba cada línea de inspiración.

Esa mañana iniciaba nuevamente mis entrenamientos con el equipo de básquet, luego mi jornada laboral y los últimos ensayos del protocolo; seguro mis padres a esta altura estarían más locos y mi tía no demoraría en enviarme el vestido y exagerar con todo lo demás. Pero, por lo pronto, mi ritual de baño y desayuno se haría a mi tiempo. Desactivé el modo avión rogando que no llegaran malas noticias; por fortuna, todo seguía tal cual lo había dejado, pero esta vez sumándole un día más y tres mensajes nuevos cuyo remitente figuraba como “Miguel”.

Me llevé las manos a la cara y me tiré nuevamente a la cama; al parecer, todo había sido real y ahora tenía sentido por qué la poesía había vuelto. Mi hermano Josh golpeó la puerta para avisarme que ya tenía desayuno y que me daba cinco minutos para estar lista. La última vez que alguien había llegado a mi vida, terminé creando un blog para despechadas y cerrando todas mis redes sociales. Solo esperaba que valiera la pena y, si terminaba con el corazón roto, por lo menos habría sido un muy buen partido.

—⁠Mariam, la puntualidad enfoca el liderazgo. Hoy llegas conmigo al entrenamiento, niñita —⁠dijo Josh.

Mi hermano era fastidioso: iniciaba cada día con algo motivacional. También tenía talento con las letras, pero cada que lo molestaba con el tema decía que era para niñitas; era su muletilla. Lo cierto es que, aunque se llevó la dosis más fuerte de papá, alcanzando casi la perfección del hijo mayor que querían en casa, tenía un corazón muy noble detrás de esos enormes músculos.

Pero Jero me asustaba más; me tenía tan leída que a metros sabía cuándo algo pasaba en mi vida. Era con quien más comunicación tenía y quien me aconsejaba sobre la vida y otros temas; me regañaba de una manera más inteligente y audaz.

—⁠¿Pestañina para un juego de básquet, Mariam? ¿Hay alguien nuevo en el entrenamiento aparte de Josh? —⁠preguntó Jero.

—⁠Antes del juego tengo videollamada con la tía Nayla; sabes que se ofende si no parezco una digna Quintana. Además, las pestañinas están por vencer y ni las he usado —⁠le respondí.

—⁠No eres de explicaciones, Mariam. ¿A quién vas a ver?

—⁠Si tienes problemas con mi maquillaje antes de un juego o después, no me importa.

—⁠Josh, hay que tener cuidado con Mariam, creo que está saliendo con alguien —⁠terminó Jero la conversación con ese tono irónico usual de él; guardó su tablet y sus anteojos grandes, agarró su taza de café y revisó la hora en su reloj.

¿Quieres saber qué pasa con Mariam?

Aquí termina la muestra gratuita. La historia continúa en el libro completo, de diez capítulos.